Hay días extraños donde te duele lo partido, te pareciera sentir esos retazos amputados que se superponen con los años.
Superponiendo ausencias, se vuelve honda la nada y sos por momentos el pozo ciego donde se consuma el paréntesis silencioso que prescinde del mundo, queriéndolo entender en una acción opuesta y circular.
Al final del pozo ciego, en la cama de arena, en la penumbra obligatoria ocurre el prodigio donde oís el arrullo de tu río, la cadencia que emerge del cauce y el ritmo de las piedras afiladas en contrapunto con las piedras pulidas. Un pulso salido del viento que agita la superficie.
Podrías retener esa postal en el revés de las pupilas, para emerger el impulso del salto viene del arrullo, del ritmo, del pulso no de la imagen estática.
¿Cómo se hace? El fondo de arena no dice nada, calla y espera. Sentadito como indio haces tu parte.
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