domingo 22 de noviembre de 2009

2.1

La excusa perfecta, el escudo perfecto, el vidrio perfecto.

Suceder sin esa marca donde el viento pasa.

lunes 16 de noviembre de 2009

2

(lull, andrewbird)

Alguna vez los planetas entran en esa línea perfecta.
No ser el sol, de eso quería hablar.

1.27

Las plantas habían seguido creciendo en mi ausencia, la lluvia obra su milagro en todas partes, la extensión de verde plegada sobre si misma y desparramada hasta teñir la yema de los dedos.
Ese olor que fascina por lo mezclado, por lo perdurable y por lo intenso.
Pegar la nariz a la nervadura en un deliberado acto de estupidez, ingenuidad y alquimia, pero no importa, no importa demasiado, que tan poco sea tanto y que nada, un mundo. Hundir los dedos en ese barro recién aparecido, brillante, dejarse hundir en el grado cero de la primera costilla. El primer hombre debió de encandilar la primera vez que sucedió la lluvia.

1.26

Un año antes del mío había planeado mi nacimiento definitivo, ese del que sale solo por una muerte soberana. Coronar el día perfecto con una cineraria azul y abrirse paso a ese transcurrir inevitable, ese sin saber sabiéndolo. La única certeza mecida junto a mi, los dientes de león que soplaba cuando se cayeron los míos, un deseo tirado por ahí, montarlos en barquitos y dejar que ese mar cordóncuneta, hiciera las veces de viaje y la caca de perro de isla para los naúfragos.
Quise saber de la levedad del cuerpo y recurri a olvidos, olvidar lo que sabía de mi, soñaba siempre lo mismo, que si corría lo suficientemente fuerte iba a poder volar, si me subía a los árboles también, si asomaba los ojos en la ventana algo iba a pasar.
Pasa, mientras uno se muda y se demuda, cambia la piel, creciéndose con uno, se sponja el cuerpo y se aja, resquebraja, cambian los ojos mirando más allá del más acá.
Había planeado mi nacimiento definitivo para hacer certeza de la intesidad de que no hay dos.

1.25

Quien sabía si es que sabía, de ese lazo entre los días, los de antes, los de ir y venir.
Desatar colas. Quien sabía cómo es que pasa el tiempo.
Origami al calendario, una grulla por noviembre.

martes 10 de noviembre de 2009

1.24

Las palabras sabían llegar, incluso las prestadas, esas que venían de la comarca oriental y Yan-Tse
Y abraza la palabra a la lengua y la boca es esa mesita de madera donde nos habremos sentado en todas las vidas y en esta.
Yan-Tse, y la lluvia devuelve ese otro abrazo y la boca se hace silla y me siento como los indios para salvaguarda del salvaje.
Y oigo, oigo largo esas musiquitas que saben convertir en loco, al cuerdo y saben nombrar lo que uno ignora; amanecer en Yan-Tse. Mojarse de mañana y el rocío se hace torrente en todas las vidas y en esta también.
Dejarse llover a raudales, y acompaña en arpegio el diapasón diciendo los callares y haciendo los abrazos.

1.23

La lluvia es escenario en esta sobredosis de humedad, albergarás tus propios peces y nos nadaran en las rodillas, el salmón remontará la espalda.
A orillitas de la vértebra el pescador de todos los ríos. Dejarse ver y reflejar en esa corriente que no se frena nunca, una bahía mansa lloviéndose en esas palabras que hacen al secreto casi tráslucido.
Colecciono tus piedras blancas y algunas más rojizas, esas que se tiñen cuando algún salmón se muere.
Una bahía creciéndose desde el cuerpo y más allá.
Me siento acá y me duermo.

1.22

Nunca se sabe todo, apenas la parte y se desconoce a plena luz.
Un oráculo definido, el chino sabía de mi, como yo del sentimiento que acaricia la moneda y la tira sobre la mesa.
Gracias, le digo. 
Me tapo los ojos con un pañuelo y sigo haciendo desnudas, desdudas, desanudas. Desnudarse es alumbrar.
Gracias.
Era un pez nadando en el medio de la noche.

1.21

El borde, clara la clarividente y luna la llena, la menguante, la que siempre crece.
Creciente la orilla para arribar a nado sincrónico y a respiración sucesiva. Aspirar el olor, dejarse nadar y remontar, erguir el músculo secreto, relajar el más hondo, la hondura, el foso, allá cerca del fin, donde el fondo esquiva el beso del pie.
Te verás.

miércoles 4 de noviembre de 2009

1.20

Estado puro, había dejado abrirme la boca, la boca grande. No tener fondo, ni tope, la creciente por venir y la rompiente.
Los pies son el mejor lugar del mundo y los abrazos sin saberlos también, que pasan porque tienen que pasar, que cumplen su razón disfrazados de incerteza.
Volví a soñar con peces y entendí que hace al río.

martes 27 de octubre de 2009

1,19

El paisaje, desde la ciudad al campo y al revés. La extensión de la sierra y ese dibujo de silueta como teta de mujer cuando el sol dice los adioses. Una colección de verdes,  y el tiempo que se piensa en otra cuenta que no es la sexagesimal. 
En la ciudad ningún techo da de mamar, ni siquiera la cúpula de la iglesia a los que creen.
El paisaje es ese deseo de sentir el durante a la medida de la luz. De nochecita, dejar que el viento desanude el día.
Acá me acuesto y soplo despacio, abro la puerta pero no es lo mismo.

1,18

De no tan chica había querido ser pez, frotar mi panza en la arena y bendecir la espuma. Quise ser pez, por nada, para nada de nadar, saber de mi aburrimiento remontando el río como bullanga de circo. Quería sentir el río y enceguecer cuando el sol me diera en plena siesta, quería saber de la lluvia agrandándome la casa, quería saber del miedo de la creciente, ese miedo de lanzarse más lejos y no saber donde acaba, cambiar el paisaje por la precisión de un ciclo.
Quise ser pez para saber si había otra forma de abrazar.

1,17

Demasiado, esa era la palabra demasiado, de esto, de aquello, de lo otro, de lo de más allá y lo de más acá.
Hacía falta naufragar.
Flotar en otro río, una orilla incierta.

1,16

Hunderwasser tiene razón al decir que la casa es una de las pieles, acariciar el dintel y abrazarse sobre la mesa, mecerse en la cocina y comer juntos. Esta dermis rojiza de ladrillos dándose forma, la casa es más que la construcción ortogonal, se hace piel en las marcas que uno deja, el camino de pan para seguirse el rastro, el olor para saberse aún en la ceguera.
Cerré los ojos y seguía estando aquí. 

viernes 16 de octubre de 2009

1.15

Te abrazo desde acá hasta allá, y la sensación va en ese viento que hago crecer desde mi mano soplándola.
Emocionar es diente de león y te lo regalo desde ciudad a ciudad, un diente en cautiverio en esta cosmopolita distancia.
Ese lugar en el medio, habitarlo por una soberana decisión del rey de la selva, te mando el diente envuelto en cintas de raso azul, si llega voy a saberlo aunque no lo vea, te sé no viéndote y viceversa.

1.14

Hay algo en eso unitario, en la línea de puntos que me inventa un meridiano, un trópico, un círculo polar.
Me he nacido en cada fragmento, en esa división y parte.
Reuno cuando duermo los pedazos del día, de todas las vidas, incluso esta. 
Una reunión blanda, la sinuosidad de mi propia vuelta, del paseo rodante, por cada una de las que he sido, soy y seré. Me senté en algún umbral y abrí la puerta, la más estrecha, la más fea y era hermosa en su límite más preciso.
Deseé pasar, las aristas más duras pulieron lo que me sobraba del tiempo.

miércoles 14 de octubre de 2009

1.13

Había soñado con la silla y el instrumento. En algún punto, de esos que en la sucesión infinita hacen la línea, me hice de aire y ocupe el alma hueca de lo que produce el sonido y allá más lejos la música.
Algo más se ablandó en mi en esa metamorfosis sonante.
La herida eso grave amplificado y en mis brazos lo delgado del recuerdo que en plena ondulación, escala escaleras arriba, sin descanso, meciéndome sobre una rodilla extraña. Adormecer la voz y ser solo el cuerpo latente, exceder la caja, la madera, y el propio pasado de árbol.

1.12

No tenía miedo, nunca lo tuve.
Saberse en el cuerpo y más allá. Ese monte escarpado y mi cordillerita longitudinal, mi longitud, mi cortedad.
Esa sutil panóramica que siempre me hizo querer hormigas.
La proporcionalidad del cuerpo en la distancia y en el cercanía.
Al lado de la madreselva siempre era una mujer pequeña.

1.11

Con las piernas abiertas, me dispuse a comer mi propio pan. Había deseado esa luz que acaricia de sesgo, el bocado crecía en espuma, una de mis manos también sumaba a la blandura. Allá de lejos bien cerca de la oscuridad mi cuerpo se confundía en el bocado. Devorador devorado, un resto del amante, del lado de la luz mi contorno era prístino y solitario.

1.10

Había luz del otro lado, no la seguí. La penunbra era el sitio casi perfecto, casi divino, eso que hace a mi mitad. La quería, la quise esa noche, donde ya no era posible abrirme, estaba completamente abierta en canal.
El oscuro del claro se distingue por mi propia sombra, esa difusa que transparenta lo opaco de mi.
Ese posible revés, que hace demudar lo sólido en veladura casi líquida.

martes 13 de octubre de 2009

1.1

Me habías visto y me dejaba de nacer.

1.2

Sentada en un almohadón, asistía a ese ceremonial duelo de la otredad, la otra edad, la mía, la de mujer pequeña, la niña de la madreselva. En verano hundía la nariz llenándome de olores antes de que me mandaran a dormir.
De postal, una cinta de raso religándome las manos.

1.3

Ayer era un nudito naranja, hoy viola, carmín. 
Una sanguínea tormenta. 
El viento me habría la ventana, un nudito naranja, se desata es la nube que espera su lluvia. Espero dejándome llevar por el vendabal crecido de mi muñeca, al nudo le sigue el lazo, al lazo el ovillo.
En retrospectiva, la lluvia se superpone a si misma.
Las cintas se pegan al cuerpo, igual que el vestido azul.
Me desnudo, estoy aquí.

1.4

Me veía de frente, de costado, me metía los dedos queriéndome atravesar y eso nunca fue posible. Quise abrirme y ver de qué estaba hecha. La viscosidad de lo perdido, la suavidad de lo sanguinolento. La textura definida de los paisajes donde había estado y eran certeza de mi.
Hundía los dedos, solo el músculo tenso. No presentía ahí las habitaciones contiguas de las casas, ni lo algodonoso del aire de buchardo, no estaban ahí ni los brazos delgaditos, ni el olor. No estaba mi perro de tela.
Yo no era yo, ni vos, ni aquello, eso palpable.
Hundí los dedos y supe de mi ausencia.

1.5

Me tiré sobre el suelo fresco, la llamaba a los gritos y ella no vino. La llamé cantando y solo vino mi propio eco hecho canción. Esperé en silencio y tampoco apareció. Me dormí y fui durmiente apenas.
Nunca va a venir, ya no. Nunca va a venir, ahora lo sé.
Hace años le llevé los adioses a su cama.

1.6

Me acuerdo de mi última noche, dormí en el suelo al lado de la cama inconmensurable, le agarré la mano hasta la mañana, fue a la cocina a poner la pava y seguía agarrada como la cola del cometa.
Siempre supe, aunque no supiera como sabía, yo lo sabía.
Un pedacito del después, prematuramente era parte mía, un dedo más y una costilla menos.
Siempre supe que ese cometa una vez quemado, el viento le esparcía las cenizas.

Cuando hay viento asomo la cara, contemplar el aire mientras pasando lleva, y llevando trae.

1.7

Ocupé toda la cama, como si fuera un gigante. La almohada se hundía por el peso de mis sueños a medio dormir. 
La imagen del paisaje sometida a su propia gravedad, un bosque desde mi oreja derecha, de la boca crecía la sierra y sobre la teta una casita.
Una caricia sobre el pelo es motivo del viento.
Se hace de noche y ya es mañana.

1.8

Sobre Tucumán, hay un bar chiquito, de esos que resistieron a fuerza de viejos carcamar y café fuerte el tiempo, el tiempo de la ciudad; esa víbora que crece mordiéndose la cola. 
El regalo siempre había sido el mismo, llevarme a ese bar, la opción era coca o cortadito, yo sin poder apoyar los pies sobre el suelo pedía cortadito. La miraba a ella, tomándose el suyo y detrás ese desfile de gentes. Miraba los cuadros de la pared, la volvía a ver y ella tenía en los ojos la nostalgia.
La galletita dulce del café, era contar las historias, eran las mismas y no lo eran, cada cortadito engrosaba la escenografía de las casas perdidas, ese borde de cartón de mis tías abuelas, que de chiquitas eran capaces de tirarse desde algún techito con paraguas abierto para ver si volaban.
Sin querer, por esos accidentes que el azar provoca volví a entrar al bar, después que me senté, supe que era el mismo, los cuadros me parecieron horrorosos pero el encanto ambiente era el mismo, vi sobre el hombro de mi amiga, de mi hermana y por la calle pasaron los fantasmas de mías tías a vuelo rasante. 
Terminamos el cortadito y nos largamos a la calle, en la esquina una viejo vendía paraguas, compre uno por si acaso.

1.9

La comida tiene su propio ritual, si alimentarse es parte de la religión.
La palabra que viene de re-ligare, religar, volver a unir.
La comida me unía en ese rito cotidiano a la cocina de la nona, a la otra casa, y en la repetición diaria me une a esta casa, a todas las casas.
El pan tiene en sí el don del tiempo y creo. Creo en esa secuencia nacida de mi mano que mientras espera el tiempo necesario, al pan le hace crecer el cuerpo. La medida sexagesimal donde parte del aire se le mete dentro, tan dentro, que comiendo pan uno come parte del viento.
Giré la cabeza y de la espalda me crecía un cometa.

miércoles 7 de octubre de 2009



lunes 5 de octubre de 2009

untitled

La sensación es algo más poderoso que el olvido.
Me encapullo, en algún rincón mudo y blanco. Diluyo la sombra apagando las luces, un segundo donde la incandescente languidece, ensombrece, una noche pequeña.
Me sumo a las dudas del mundo y dudamos, dudamos en plural.
La sensación embarga el cuerpo, le cobra en diferido, con intereses de usura, todo el mundo cabe aquí y lo duele. Le duele.
Las sensaciones amplificadas, perder la razón, se yergue el pelo, el vello, lo bello.
Tirarse hacia atrás enceguecido, a ojos cerrados.
Donde caer.

miércoles 30 de septiembre de 2009

surtsheliv III (isadora)

Aliterar el sonido para evocar el paisaje, la historia.
Isadora se llama quien anda, Isa en diminutivo. Transportar piedras desde una orilla del arroyo hacia la del frente, erigir fortaleza y vencerla en el juego, la ronda. Dibujar centanares de vacas y toros para arriarlos y domarlos en canciones de cuna. Uno se encabrita y arde, el papel es combustible de hoguera hasta en el fin del mundo, Isa lo mira y lo enciende, arde y lo consume, languidece el animal en su fiereza. Miraditas de fuego.
Llega el viento y esparce las cenizas.
Isadora en un subrepticio abandono de guión, junta las cenizas de aquel animal nacido de su mano y a sus ojos quemado, ardido y consumido, lo guarda entre hojas verdes, en alguno de los tantos lugares que hay entre las piedras crecidas y la tierra, y lo guarda, le canta bajito, lo arrulla, lo cobija, repetir ese gesto inmemorial que hace a la muerte.
Los otros animales, el resto de paisaje es inmortal, quien ha visto no puede morirse sin llevarse eso consigo.
Mira de nuevo aquel algunos de los tantos lugares que hay entre las piedras crecidas y la tierra y cuida bien de no hacer llama de sus ojitos pardos.

Surtsheliv II

No hay prodigio posible, se extiende el paisaje, en esa casi evocación de los niños. Sentir el campo en la tersura del valle y en lo escabroso de la quebrada, tala, acacio negro, blanco, el molle, el monte y la perdición.
Extaviarse en ese mar de verdes, confundir el sendero vacuno, la desaparición de las casas, sobrevivir a natura, nurtura. Sobrevivía, oliendo llegaba a hallar el camino preciso, el definido, el que hace a la geografía íntima, a ese saberse llegar a la idea de una casa que no es lo mismo que la construcción de canto rodado, adobe, cemento y que más, esa idea de casa, que hace al deseo, la habitación, el olor y las recordaciones.
Vagaba en el campo, en la sierra, el sentir de habitación, estancia estaban acá conmigo, extenso y vasto como el paisaje que rodea y dibuja el horizonte de picos y hendidas, cerro y abismo.
Buen día, a la orilla del río había dejado de estandarte y saludo una piedra redonda y perfecta. La belleza hace a quien la mira, la piedra era perfecta, aún en el borde cortante, el que no ha pulido el río ni el viento, ni el tiempo.
Estoy en la ciudad, en la city, en la cuadrangular y ortogonal simetría de los que andan por aquí comprando vaca muerta y sanguínea, el tiempo corre a velocidad cosmopolita, asuste y teme al temerario. Temo eso es cierto.
Un gesto, dibujo un crecimiento vegetal desde el respaldo de la silla hacia allá, le sigue una sierrita y algún salvaje animal.
Quisiera domar el paisaje íntimo, el que transfigura en piel dorada al sol.
Quisiera y no podría, podría y tal vez no lo quisiera.
La ciudad es un cautiverio, de a ratos, en las tardes, bien de mañana.

untitled (para el buenayre)

Te había inventado un sucedido, salían músicas de tus muñecas; eran cintas de raso, azul, violeta, carmín y turquiverdoso. La esquina un carnaval, y llovía y llovía, la lluvia se sucedía de los dedos, sea tal vez que la música sonando pase y sonando lleve aquello que traspasa. Te ensoñé todo de canción y viguela.
Quizás bailábamos, quizás no. No importa, la estadía, el sucedido seguía sucendiendo incluso a nuestro margen y denuesto. Seguía lloviendo. Lo húmedo era ajeno y era propio, era la precipitación precisa de las batallas perdidas, era el arcoiris nacido de la luz de la cocina. Un dejo de mariscos y del pez que vive el río como horizonte y mundo.
Un regalo diminuto, mojarse el pelo a luna llena en pleno septiembre.

lunes 28 de septiembre de 2009

(colección de cotidianas)

(se recomienda leer escuchando algunas variaciones de gymnopedie de Loussier) 

Llegar a casa

En un paréntesis, había bordado el borde de esta casa como idea. Solo bastaba con pensarme que era posible estar ahí; en punto cruz con hilo naranja estaba estando, puro gerundio, geranio. Siempre confundí el verbo con la flor, el tiempo de una acción tiene algo del crecimiento natural, ciclo en espiral.
Llegué acá con mi vida en cajas y ya había estado aquí antes, en los dibujos, en la selección de equipaje y bártulos.
Una noche cualquiera le asalté los rincones oscuros toda desnuda, deambular a paso constante recorriendo en la memoria toda esta geografía. Saberme mover entre tiniebla y penumbra.

Dejavu

Me dejé embriagar con la idea de una sensación, pura evocación y poética. Me dejaba llevar en ese estado de lluvia permanente de imágenes, se me enredaban en el pelo mis sensaciones de cuando era chica, dejé dormir lo que sabía de las cosas y el mundo, suspendí la comprensión de la vigilia y me rendí a esa provocación de los sentidos y la carne.
La sensación hija de la idea sucedió dos veces y estabámos ahí yo niña y yo ahora, desdoblada, superpuesta, estaba aquí y ahora sintiendo lo anterior, el préterito. El tiempo pasado volvía a transcurrir idéntico mientras se me pegaba en el cuerpo esa porción de gesto, a la evocación le estaba sucediendo la sensación real.
Me quise morir, lo deseaba más que nada, una muerte singular, huida de la sexagesimal medida del mundo.

Lo excedido de la ficción.

Biblioteca

Con paciencia de abuela, hoy la biblioteca ocupa a sus anchas y a sus llenas, el sentir de la casa, de esta, de la mía. Los libros, mis cosas terminaron por encontrar ese lugar que hace a la apropiación en el sentido más simbólico. En su lugar se transforman en asibles, están ahí, de brazos abiertos, están ahí con su historia en la ficción y con la mía propia. Soy ese recorrido horizontal y paralelo, son mi posible construcción cotidiana, las lecturas sucesivas y simultáneas. Los papeles, los lápices.
En ese mueble cabe el mundo, el recuerdo de su viejo dueño, la postal de varias casas. Reune puertas adentro la razón sentipensante.
La madera natural, clara, iridiscente.

lunes 21 de septiembre de 2009

Thelonius Monk (Rubi, my dear)

Elongar, lo inconcluso, lo tráslucido, recorrer, levitar y verse desde desde ese plano donde los mortales dejan en suspenso su condición.
El borde sobrenatural del encuentro, de la consumación del abrazo, el que llega hondo, el que traspasa, abriendo paso en la espesura. El monte detrás de mis rodillas, esa superficie perversa en su evocación y sentido.
Me vi abierta de par en par, puerta, dintel, ventana, sin dirección, pura obertura.
Respiré una vez más, había desaparecido.

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teodoradorna
Adorna al por mayor, prendi de mis hombros guirnalditas de colores.
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